¿Crisis? … ¿Sencillo cálculo? pffff

Sencillo cálculo dice en su segunda diapositiva el powerpoint sobre la crisis que me ha llegado viralmente reenviado por ser “muy interesante” (click para ver). La primera simplemente mostraba la palabra ¿CRISIS?. Llamativo, evidente y …. erróneo en sus principios.

Luego nos remite a un cálculo que un supuesto televidente de la CNN envió para mostrar la poca equidad del sistema político-financiero. Aquí empiezan los despropósitos matemáticos. Finalmente el autor del powerpoint nos traslada los hechos y por ende los cálculos al panorama español. Misma cuenta de la vieja, mismo resultado falso.

“Si quis hoc dicit errat”
Desde cuando 700.000 millones de dólares entre 6.700 millones de habitantes  es igual a 104 millones $/hab.?

Simplificando un poco los “millones”: 700.000 /6.700 = 104 $/hab. Lo cual, hoy en día no da ni para irse a cenar fuera durante una semana.

Y para el cálculo español más de lo mismo que por obviedad me ahorro comentar.

Así va la economia de España con “lumbreras contables” como estos que en vez de estudiar matemáticas se dedican a hacer powerpoints cutres que se no aguantan un mero análisis hecho en 2 segundos y sin calculadora.

Saludos … y por favor, dejad de enviarme información tildada de muy interesante y menos aun no contrastada! Lo interesante, para mí, ya me encargo de buscármelo. Mi proveedor de correo, un servidor, y el funcionamiento general de internet agradecerá enormemente que no me incluyáis en esas listas de reenvíos masivos recolectadoras de direcciones para futuro spam. Lo agradecerán mucho más que yo agradeceré vuestro deseo de mantenerme informado.

Por cierto ….

REENVIA ESTO A TODOS TUS CONTACTOS O UN VIRUS TRANSMITIDO DESDE TU TELEFONO MOVIL (NO LO COJAS DEL SUELO QUE EXPLOTA) TE PROPORCIONARÁ UNA DESCARGA ELECTRICA A TRAVES DEL TECLADO DE TU ORDENADOR (NO IMPORTA QUE FUNCIONE A 12 V) Y TE FREIRÁ EL DISCO DURO DESDE EL CUAL LA CIA TE ESTA CONTROLANDO PARA VER QUE NO TE DESCARGUES PROGRAMAS PIRATAS.

AHH Y TAMPOCO TENDRÁS AMOR EL RESTO DE TU VIDA (NI EN EL MÁS ALLÁ)

Vidas …. míseras vidas ….

Camino lentamente, avanzando meticulosamente con la carretilla por la acera mientras los paquetes cuidadosamente dispuestos en una columna de a cuatro se empecinan en saborear las mieles del pavimento remojado por el chirimiri de hace tan solo unos minutos.

Alcanzo mi destino, apenas dos manzanas más allá de mi origen, en escasos cinco minutos. Las puertas automáticas de cristal se abren ante mí. Conozco perfectamente la meta: el mismo edificio de siempre, y por supuesto, el mismo apartamento de siempre. “Tercera planta, al salir del ascensor, torcer a la izquierda hasta el final del pasillo”, resuena en mi interior el eco de mis propios pensamientos. Debo llamar y entregar los paquetes, no dejarlos bajo ningún concepto en el rellano por algún motivo que puedo intuir pero no sería capaz de aseverar. Esta vez, de forma ocasional, la nota que previamente he recibido a modo de guía y cuya simple existencia considero totalmente innecesaria añade otra prohibición: no dejar los paquetes en conserjería.

La conserje, ignorante de la exhaustividad del procedimiento, me conmina a depositar bajo su potestad la mercancía. Me limito a hurgar en el bolsillo de mi chaqueta, extraer la dichosa nota, y la remito sin dilación a ella. Sin resoplos ni resuellos accede a mi voluntad, que en realidad no es mía, sino más bien es el resultado de un proceso de asimilación basado en el precepto “mi jefe quiere que se haga así porque el cliente quiere que se haga así”. Y así obediente y formal, todo en uno, me dispongo a hacerlo.

¡Dicho y hecho! ….. pues no. Vuelto a deshacer y a rehacer. Así ha sido. Sin saber cómo la clienta final aparece en escena. “¡Qué bien! Ya no tengo que subir a la tercera planta. Dos minutos y estoy fuera” pienso. Y sin embargo, me equivoco, aunque sólo en parte. La situación cambia de súbito. Ahora mi destino es un trastero situado en la planta inferior. Lo que es peor aun, la mercancía debe sacarse de las cajas para optimizar el espacio disponible en el interior del trastero. Mi expresión facial también cambia. La conserje debe notar algo pues una mirada soslayada suya deja entrever esa complicidad que emana entre dos personas desconocidas cuando el comportamiento de una tercera resulta desconcertante. Sin quererlo creo leerle en los ojos algo del estilo a “menuda mujer tiquismiquis, ¡si yo te contara!”. Compasión mutua es lo que sentimos. Ella por mí, por soportar ocasionalmente la actitud de una desconocida. Yo por ella, por soportar habitualmente la actitud de una conocida.

Mis cinco minutos empiezan a tomar gusto de media hora. Tras un breve juego aclaratorio con los botones de los ascensores, en el que declino participar, perdemos a la conserje de vista y finalmente llegamos a la planta inferior. Puerta cortafuegos tras puerta cortafuegos llegamos al parking. Lo atravesamos de cabo a rabo y accedemos a un entresijo de puertas que llevan al pasillo principal de la sección de trasteros de la comunidad de vecinos. Busca en su bolsillo, rebusca y finalmente escoge la llave apropiada entre el manojo de llaves.

Un punto y aparte. Como anillo al dedo es justo el signo ortográfico que necesito ahora. Un punto y aparte en la conversación, un punto y aparte en mis sentimientos. Un punto y aparte que descubro minutos después tras analizar desde fuera lo acontecido como en la mejor de las experiencias extracorpóreas.

Tras el quejido de la puerta metálica al abrirse contemplo un trastero típico. Trastos y más trastos por doquier. Trastos y libros. “¿Libros en un trastero?” resuena un fugaz pensamiento. Me siento tentado a echar un vistazo a los títulos pero desestimo la idea. Apartamos unos contenedores de plástico, que cualquier niño describiría como tupperwares gigantes, y hago espacio para colocar el contenido de las cajas junto a sus congéneres. ¡Zas! con una certera pasada del cutter rajo el precinto de la primera caja. Sé lo que hay en el interior. Lo sé por tantas otras veces. Y a pesar de eso me evoca recuerdos y me genera preguntas. La primera bolsa verde hace su aparición. La retiro. La segunda asoma. Pañales.

“¿Cuantos años debe tener?” me martillea mi mente curiosa. “Demasiado mayor como para estar cuidando a su madre” concluyo. ¿Su marido quizá? “Nunca lo he visto pero ello no quita prueba de su inexistencia” razono pensando en el argumento teológico que conlleva este pensamiento. Sigo abriendo caja tras caja. Multiplico mentalmente, yo que un tiempo estaba convencido de la inutilidad de aprenderme la tabla del cuatro, me sorprendo ahora. Ocho bolsas. Observo otra vez el interior del trastero. Debe haber por lo menos otras treinta conteniendo cada una una o varias decenas de pañales en su interior. Se lo hago notar.

“Doce mil euros” retengo de entre todas las frases que me dirige. No es que no la escuche. Es que mi estupor va in crescendo. Mi pregunta finalmente recibe contestación indirectamente. “Doce mil euros te doy si me encuentras comprador para mi piso” es la frase completa. Indago en el motivo, indago en su vida, indago en todo cuanto me pasa por la mente. Ella ha abierto la veda, ha expuesto su vida y yo, por mi parte, tengo necesidades que satisfacer. La curiosidad, afortunadamente, siempre ha sido una de ellas. Mirando lo acontecido a toro pasado quizá no debiera haberlo hecho. Su hija inválida es la beneficiaria de los productos que le porto. Una hija … buf, una losa me cae a mi encima. La ley de vida me dice que los hijos deben cuidar a sus padres mayores, arrugados, desgastados, enfermos, desvalidos, seniles, y un largo etcétera acrecentado con el pasar de los años. Pero a la inversa, simplemente, a la inversa no es justo. Mi sensación de prisa por salir de allí se desvanece y decido conversar algo más con ella. Sumido en un toma y daca conversacional, observo a hurtadillas a aquella mujer que charla sin cesar mientras coloco los paquetes con un orden medianamente decente. Sus ojos y su expresión general me transmiten un cierto grado de demencia que no lograría clasificar. Me pregunto si debe medicarse con antidepresivos, sicotrópicos o tal vez sean neurodepresores ¿Xeristar, Diazepam, Haloperidol tal vez? Mi consternación sigue en aumento ante la necesidad que me expone sin tapujos. Debe vender urgentemente su piso, un dúplex, pues su hija marcha a vivir a otra ciudad en busca de un amor surgido. “¿Vender? Si hoy no se vende nada a menos que sean gangas” pienso para mí. Además, por si fuera poco la urgencia está reñida con el precio. Ella parece haberme leído el pensamiento. “Lo vendo por 300.000 €. Es decir 120.000 menos de lo que me costó y para ti serán 12.000 si me encuentras comprador” me reitera. En realidad, ella todavía cuenta en pesetas. Su edad es la indicada para no haber hecho, mentalmente, el cambio de moneda exigido por ley hace ya unos cuantos años. Soy yo el que rápidamente hace la conversión monetaria y más velozmente aun me sumerjo en un estado de trance hipnótico de los que, una vez transcurridos sus efectos, suelen desembocar en estados depresivos. La figura invisible del marido aparece otra vez por mi mente. Ya se sabe, los problemas entre dos o parecen menores o se llevan mejor. No hay el menor indicio de que esta mujer tenga un hombro con el que compartir la carga o simplemente en el que derramar lágrimas.

Retomamos el camino de vuelta cruzando el laberinto de pasillos que nos retorna al parking. Esperamos el ascensor conversando. Ella conversa reinciendo sobre su tema estrella. Yo asiento, es para lo único que me quedan fuerzas. Un “ding” nos da la bienvenida al rellano del piso de entrada. La conserje me sonríe al verme aparecer otra vez con las cajas, esta vez ya vacías. Le devuelvo una mirada y me despido afectuosamente de ella. La mujer, mientras tanto, se obceca en apuntarme su teléfono. Remueve cielo y tierra hasta dar con un papel y un bolígrafo. Vende el piano, literalmente “por lo que le den” y el coche. Necesita dinero y las urgencias conllevan pérdidas que está dispuesta a asumir.

La decisión con la que parece afrontar la situación me destroza. De repente se confrontan sus decisiones drásticas y su vida trastocada con mis vanas dudas sobre mi futuro próximo. Salgo tocado, meditabundo. Enfilo la calle herido. Un cantaor flamenco en mi interior entona el famoso verso que lee “tengo una pena tan grande … ¡ay!”. No es mi vida, no debería importarme lo más mínimo. Así es la sociedad en la que vivimos. Vive, despreocúpate, alégrate de que esa no sea tu suerte. No debería, pero lo hace. Al fin y al cabo son unas vidas: la suya, la de su hija, la del marido por conocer … míseras vidas de las que me hizo partícipe una lluviosa tarde de febrero.