Los días azules

Te levantas, descorres las cortinas y ahí está. Ese cielo límpido sin rastros de algodones que lo ennublen. La cara te cambia como por arte de magia. Te entran las ganas de salir y disfrutar. Atrás queda tu casa abandonada para los momentos en los que la climatología no acompañe.

Cielo azul

Cielo azul

Me gustan los días azules. Y me gustan aun más cuando acontecen en invierno. Pese al frío exterior, pese al sol bajo en el horizonte y de pronta desaparición, pese a la incomodidad de cargar con más ropa de la deseada me gustan. Es su escasez la que debería hacer que los valorásemos más. En verano suelen ser habituales y por su eterna presencia olvidamos el efecto que nos causan. En invierno la cosa cambia. Amanece un día con el cielo azulado y todos lo percibimos … otra cosa distinta es cuántos nos tomamos el tiempo necesario para deternos a disfrutarlo y ver qué nos ofrece.

RepüLÔVEtér

Repülôvetér es mi neologismo creado para encabezar esta reflexión. Etimológicamente hablando proviene de las palabras repülôtér (aeropuerto) en húngaro y love (amor) en inglés.

Durante la última semana he ido dos veces al aeropuerto. Haciendo honor a las palabras del rapero SHE que hago totalmente mías: “soy un observador de lo que nadie mira”. El primer día simplemente observé con detenimiento. Hoy surgió esta reflexión en mi interior que escribí in situ mientras esperaba que llegaran mis amigas. Y es que todos deberíamos ser capaces de realizar el siguiente ejercicio sensorial: ir a la sección de llegadas de un aeropuerto y detenernos a contemplar.  Personas esperando a sus seres queridos manifiestan comportamientos distintos pero accionados por un mecanismo de la simplicidad de la polea: el amor. Maridos y novios esperan con rosas y sellan sus relaciones con besos. Padres con cámaras de fotos en las manos dispuestos a inmortalizar a sus hijos en cuanto se abran las puertas y los divisen. Regalos, abrazos, besos de amigos, besos de hermanos, besos de familiares, besos apasionados, besos de echar de menos … Observar sin implicaciones emocionales ayuda a confiar en el poder del amor al saber que esa fuerza está ahí presente, escondida en el interior de cada persona y se manifiesta siempre ante el reencuentro con lo que durante un tiempo estuvo a nuestro lado y se marchó con la posibilidad existente de que jamás regresara. Y es que realmente nos aterra que ese avión nunca aterrice. Por eso al abrirse la puerta de salida a la sala de espera brota del torrente de emociones que caracterizan al ser humano la mayor de las fuerzas que unen a las personas: el amor.