De Lanzarote al pasado

Paseando con un amigo por un mercadillo, vemos como desde dentro de un Citroën 2CV rojo nos saludan unas chicas. Alcanzo a ver a dos de ellas (las del lado situado más cerca a la acera): una rubia y una castaña de muy buen ver. Intuyo que el par de acompañantes deben gozar de un nivel de belleza equiparable. Caballerosamente les devolvemos el saludo mientras el coche se aleja. Me giro y observo atónito que la matrícula es húngara. ¡Húngaras tenían que ser! Pero, un momento, ¿por qué me extraño? ¿Acaso no estoy en Hungría? ¿Dónde estoy? ¿En España, tal vez? No logro saberlo.

Es la consabida atemporalidad y desubicación onírica. Ciertos elementos asoman claros, conspicuos, mientras otros se emborronan gaussianamente durante la función para acabar convertidos en vagos recuerdos en forma de destellos tras la finalización de la misma.

Seguimos caminando con mi amigo hablando de sus próximas vacaciones.

-Ya he decidido dónde voy a ir.

-¿Algún sitio en el extranjero?

Nah, me voy a Lanzarote por seis semanas.

-¿Seis semanas en Lanzarote? Te vas a aburrir como una ostra. Yo me iré a algún lugar en el extranjero a hacer ruta y dónde cada día me despierte en un sitio distinto.

Justo en ese momento lo interrumpo. Me he topado con la visión de un paisaje alucinante semejante a este.

Landskyrka en Skellefteå

El verdor de un árbol al fondo capta mi atención y se lo hago saber a mi amigo. El Sol incidiendo directamente sobre el árbol es el causante de su especial fulgor.

Seguimos andando y la conversación se torna difusa, lamentablemente irrecordable. Pasamos junto a un grupo aislado de casas y veo de espaldas a una persona que me es familiar. Ese cabello castaño, largo y bien cuidado. Recuerdo que han pasado años sin que una palabra medie entre nosotros. ¿Dos?¿Tres quizá? Caminando llegamos a su altura. Nos ha visto. Me ha visto. Hago el amago de proseguir mi camino y su voz me interrumpe: “¿Cuándo me pasas a buscar?” Me sorprende la pregunta. Que desde la lejanía haya podido oír mis planes de viaje es lo menos sorprendente puesto que es algo atribuible a la omnisciencia onírica donde un único titiritero mueve los hilos de todas las marionetas. Lo sorprendente en sí es que sea ella la que se dirige a mí. Su pregunta no obtiene respuesta. La miro de arriba a abajo y veo que tira de una especie de carromato cargado con moquetas lilas y otros utensilios. “¿Qué haces?” – le pregunto. “He ido a comprar esto que necesitaba y estoy en casa, limpiando sola” – responde haciendo recaer la tonicidad de la frase sobre su última palabra. El eco de la palabra “sola” resuena en mi interior como resuenan ciertas frecuencias sonoras al encontrar ondas en frecuencias similares. En mi pensamiento se forma la frase “Sí, yo también sabía que estás sola” que jamás llega a pronunciarse.

Justo entonces los decorados se funden, los colores se corren como en un lienzo expuesto a lluvia copiosa y finalmente la escena se desvanece. Otra toma de contacto con los hijos de Nix.

De vuelta al mundo de los conscientes emprendo la ardua tarea de recordar los detalles y traspasarlos de la memoria reciente a la memoria permanente para poder transcribirlos más tarde y buscar un posible análisis que logre descubrir principalmente por qué han aparecido ciertos elementos en el sueño. Algunos los descubro sin esfuerzo. Otros aun trato de ubicarlos. Sin embargo, no deja de ser curioso como un simple sueño puede llevarte a revisar tu pasado hasta tal punto que te motive a querer cambiar las cosas.