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A 11900 metros

March 3rd, 2010

Últimamente paso bastante tiempo en aeropuertos y aviones y no es algo que me desagrade, al contrario, es buen momento para saborear un libro, escuchar música, disfrutar contemplando personas o simplemente pensar.

En un vuelo reciente a Estocolmo saqué mi cámara de la mochila e hice un par de fotos. Una durante el despegue en Budapest.

Despegando en Budapest

Despegando en Budapest

Y esta otra al llegar a la altura de crucero programada para este viaje: 11900 metros.

Volando hacia Estocolmo

Volando hacia Estocolmo

Podríamos hacer el juego de buscar las diferencias entre las dos fotografías. Una es notable para los aficionados novatos a la aeronáutica como yo: la posición de los flaps extendidos en el despegue para lograr una mayor superficie del ala y la sustentación necesaria para ascender. La otra es obvia para todo el mundo: el tiempo.

A 11900 metros el Sol es radiante pues ya han quedado atrás las nubes compactas que tocó atravesar durante el ascenso. Hubo las típicas turbulencias al entrar en contacto con ellas pero viéndolas desde arriba son un recuerdo de minutos atrás. A ningún piloto se le ocurriría, en condiciones normales, realizar todo el trayecto atravesándolas. A ningún pasajero le gustaría tampoco que algo así sucediera. La clave radica en subir, subir y seguir subiendo. Por debajo de las nubes siempre hay riesgo de tormenta. Por encima el riesgo es nulo, el desgaste menor y hay mejores vistas.

Sólo es cuestión de atreverse a coger los mandos, empezar a inclinar el morro hacia arriba y el resto viene solo.

Mi vida … es mi avión.

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La historia que necesitaba vivir

January 14th, 2010

Hacía tiempo que no me pasaba. Devorar un libro de 190 páginas en poco más de 2 horas disfrutando como un loco con cada una de sus palabras, de sus puntos, de sus comas, de sus espacios. Ilusionarme con sus mensajes positivos, apesadumbrarme con las pizcas de tristeza que parecen constituir una condición sine qua non en toda historia para recordarnos que somos humanos.

Y lo que me sigue mortificando son las preguntas entorno a su adquisición. ¿Qué me atrajo a la estantería de la librería del aeropuerto? De hecho, ya llevaba un libro para leer durante el vuelo y la breve estancia en Suecia. No necesitaba otro. ¿Por qué le di la vuelta a ese libro en concreto? Supongo que fueron tres palabras de su título. Quizá sí necesitaba esas. El paso siguiente fue leer la sinopsis y tras ello la suerte estaba ya echada. Cuando algo te parece bueno no hay precio en el mundo que lo encarezca de la misma manera que cuando queremos a alguien no hay obstáculo que nos pare. Tras pagarlo empecé a leerlo pausadamente como el niño que abre su regalo con cuidado para no romper ni el contenido ni el papel que lo envuelve. La pausa se tornaba en avidez. Ya no leía, devoraba, engullía a dos carrillos y digería posteriormente.

El vuelo redundantemente se me pasó volando. Duró exactamente 150 páginas. Quise reservarme el resto cual pedazo de pastel guardado del mediodía para la noche. Siempre sabe mejor. Un par de noches más tarde en la habitación de un tercer piso de un hotel en Estocolmo, mientras la temperatura exterior caía hasta los -15 grados, la habitación entera recuperaba su calidez gracias a la llama que desprendía el libro con sus hojas abiertas de par en par. Y no sólo la habitación entraba en calor. A través de mis manos, recorriendo mis brazos, pasando por el corazón y llegando hasta la cabeza, yo, situado cual espejo del libro, me reavivaba gracias al fuego que me impartía. Cuerpo, mente y alma enardecían debido a su lectura. La historia que necesitaba leer, la historia que necesitaba vivir se iba hilvanando ante mis ojos, enredándose, desenredándose, tejiéndose con fuerza para acabar siendo una pieza de seda preciosa. Y así la historia que necesitaba vivir llegó a su fin. Y para los protagonistas fue un final feliz.

Y entonces me sumí momentáneamente en la desesperación que ocurre cuando algo bueno llega y se va. Por suerte recordé que los libros no son personas, que los libros siempre están ahí para ser releídos vez tras vez.

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Los días azules

December 30th, 2009

Te levantas, descorres las cortinas y ahí está. Ese cielo límpido sin rastros de algodones que lo ennublen. La cara te cambia como por arte de magia. Te entran las ganas de salir y disfrutar. Atrás queda tu casa abandonada para los momentos en los que la climatología no acompañe.

Cielo azul

Cielo azul

Me gustan los días azules. Y me gustan aun más cuando acontecen en invierno. Pese al frío exterior, pese al sol bajo en el horizonte y de pronta desaparición, pese a la incomodidad de cargar con más ropa de la deseada me gustan. Es su escasez la que debería hacer que los valorásemos más. En verano suelen ser habituales y por su eterna presencia olvidamos el efecto que nos causan. En invierno la cosa cambia. Amanece un día con el cielo azulado y todos lo percibimos … otra cosa distinta es cuántos nos tomamos el tiempo necesario para deternos a disfrutarlo y ver qué nos ofrece.

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RepüLÔVEtér

December 26th, 2009

Repülôvetér es mi neologismo creado para encabezar esta reflexión. Etimológicamente hablando proviene de las palabras repülôtér (aeropuerto) en húngaro y love (amor) en inglés.

Durante la última semana he ido dos veces al aeropuerto. Haciendo honor a las palabras del rapero SHE que hago totalmente mías: “soy un observador de lo que nadie mira”. El primer día simplemente observé con detenimiento. Hoy surgió esta reflexión en mi interior que escribí in situ mientras esperaba que llegaran mis amigas. Y es que todos deberíamos ser capaces de realizar el siguiente ejercicio sensorial: ir a la sección de llegadas de un aeropuerto y detenernos a contemplar.  Personas esperando a sus seres queridos manifiestan comportamientos distintos pero accionados por un mecanismo de la simplicidad de la polea: el amor. Maridos y novios esperan con rosas y sellan sus relaciones con besos. Padres con cámaras de fotos en las manos dispuestos a inmortalizar a sus hijos en cuanto se abran las puertas y los divisen. Regalos, abrazos, besos de amigos, besos de hermanos, besos de familiares, besos apasionados, besos de echar de menos … Observar sin implicaciones emocionales ayuda a confiar en el poder del amor al saber que esa fuerza está ahí presente, escondida en el interior de cada persona y se manifiesta siempre ante el reencuentro con lo que durante un tiempo estuvo a nuestro lado y se marchó con la posibilidad existente de que jamás regresara. Y es que realmente nos aterra que ese avión nunca aterrice. Por eso al abrirse la puerta de salida a la sala de espera brota del torrente de emociones que caracterizan al ser humano la mayor de las fuerzas que unen a las personas: el amor.

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Sobre amigos, pseudoamigos y redes sociales

November 2nd, 2009

Qué fácil es pronunciar la palabra “amigo” y sin embargo cuanto cuesta serlo. En la vida nos rodeamos de personas con las que interaccionamos y establecemos ciertos vínculos. Para mucha gente la amistad es algo que se entrega fácilmente, a la ligera, tras una noche de copas o tras coincidir en un mismo lugar. De la misma manera como llegó esa amistad, la retiran después ipso-facto.

“La amistad cuando se da no se devuelve esa es la ley de la rumba” reza una de las frases de la canción “Palo pa’ rumba” de Eddie Palmieri  en un lema que siempre he hecho mío. Ahí están los amigos, contables con los dedos de las manos que siempre han estado y siempre permanecerán (si ellos lo desean) en amistades tejidas durante los años. En cambio, hoy en día con la proliferación de las redes sociales el término amigo se ha devaluado tantísimo. Todo el mundo es tu amigo, o por lo menos, está a un par de clicks de distancia de serlo. ¡Qué frustración! Eso es lo que resulta ser para los que pensamos que la puerta de la amistad debe abrirse poco a poco para invitar a la persona a entrar y una vez dentro cerrarla y que no marche.

Una vez más las redes sociales me hacen enfrentarme a mi ideología vital. No entiendo la necesidad de tener como “amigo” a alguien que conozco de una noche, dos, diez minutos o veinte horas. Por ello cada vez que alguien bajo esas circunstancias me añade confronto mi ideología con lo “políticamente correcto”. Es cierto que las redes sociales como Facebook facilitan la resolución de estos dilemas clasificando a los amigos en grupos y otorgando ciertos permisos a estos grupos. Pero para mi eso no funciona así. No entiendo que unos amigos puedan ver cosas que otros no. Frecuentemente  opto por deshabilitar la opción de que me agreguen como amigo en Facebook para evitar que la gente me agregue sin más. Sobretodo la deshabilito para evitar enfrentarme al dilema de tener que aceptar o no su propuesta de amistad. La pregunta que me respondo automáticamente es ¿si eres mi amigo no debería haberte añadido yo previamente?

Esa sensación de que no aceptar la solicitud de alguien corresponde a rechazarlo totalmente y bajo la cual se aceptan muchas solicitudes es totalmente falsa. Simplemente uno rechaza que alguien entre en una parte de tu vida. De igual manera que uno no dejaría entrar a alguien que conoce de una noche en su casa a que revolviera entre sus fotografías, leyera sus cartas, rebuscara en sus pensamientos no debería hacerse con las redes sociales. No se puede olvidar que las redes sociales otorgan acceso al pasado y al presente de un persona por lo que son la mezcla perfecta entre exhibicionismo y voyeurismo. Además una política restrictiva en la aceptación de solicitudes de amistad evita posteriormente tener que hacer una limpieza de pseudoamigos.

Mis amigos sé quiénes son y los nuevos que lleguen no se ganarán un puesto entre ellos gracias a sus respuestas en los tests, sus status divertidos o sus comentarios ingeniosos. Hay vida más allá de Internet y generalmente los buenos amigos se ganan ahí fuera.

Por lo tanto que sirva este escrito como una declaración de principios y un resumen de mi filosofía sobre la amistad y la pseudoamistad en redes sociales. Si alguien desaparece de mi lista u observa que no acepto su solicitud que no se lo tome como algo personal. Lo hago para estar bien con mi yo interior y no contradecirme que es lo que realmente importa.

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Qué tan … odioso me resultas

April 2nd, 2009

No entiendo todos esos tests (supongo que la mayoría hechos en latinoamérica) que empiezan con un “¿Qué tan …. listo/tonto/guapo/feo … eres?

Existe en español una palabra magnífica para no tener que empezar las preguntas con un ¿Qué tan …? que parece sacado de algún otro idioma. Esa palabra es “cuán” y puede usarse así por ejemplo: “¿Cuán listo eres? ¿Cuán tonto eres?” y así sucesivamente.
Es cierto que su uso no es muy frecuente pero existe y suena mucho mejor que el “qué tan”. Otra opción que suena mejor incluso a mis oídos es haciendo uso de la locución “¿Cómo de …?”. Por favor que alguien relegue el “qué tan” al olvido.

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¿Crisis? … ¿Sencillo cálculo? pffff

February 13th, 2009

Sencillo cálculo dice en su segunda diapositiva el powerpoint sobre la crisis que me ha llegado viralmente reenviado por ser “muy interesante” (click para ver). La primera simplemente mostraba la palabra ¿CRISIS?. Llamativo, evidente y …. erróneo en sus principios.

Luego nos remite a un cálculo que un supuesto televidente de la CNN envió para mostrar la poca equidad del sistema político-financiero. Aquí empiezan los despropósitos matemáticos. Finalmente el autor del powerpoint nos traslada los hechos y por ende los cálculos al panorama español. Misma cuenta de la vieja, mismo resultado falso.

“Si quis hoc dicit errat”
Desde cuando 700.000 millones de dólares entre 6.700 millones de habitantes  es igual a 104 millones $/hab.?

Simplificando un poco los “millones”: 700.000 /6.700 = 104 $/hab. Lo cual, hoy en día no da ni para irse a cenar fuera durante una semana.

Y para el cálculo español más de lo mismo que por obviedad me ahorro comentar.

Así va la economia de España con “lumbreras contables” como estos que en vez de estudiar matemáticas se dedican a hacer powerpoints cutres que se no aguantan un mero análisis hecho en 2 segundos y sin calculadora.

Saludos … y por favor, dejad de enviarme información tildada de muy interesante y menos aun no contrastada! Lo interesante, para mí, ya me encargo de buscármelo. Mi proveedor de correo, un servidor, y el funcionamiento general de internet agradecerá enormemente que no me incluyáis en esas listas de reenvíos masivos recolectadoras de direcciones para futuro spam. Lo agradecerán mucho más que yo agradeceré vuestro deseo de mantenerme informado.

Por cierto ….

REENVIA ESTO A TODOS TUS CONTACTOS O UN VIRUS TRANSMITIDO DESDE TU TELEFONO MOVIL (NO LO COJAS DEL SUELO QUE EXPLOTA) TE PROPORCIONARÁ UNA DESCARGA ELECTRICA A TRAVES DEL TECLADO DE TU ORDENADOR (NO IMPORTA QUE FUNCIONE A 12 V) Y TE FREIRÁ EL DISCO DURO DESDE EL CUAL LA CIA TE ESTA CONTROLANDO PARA VER QUE NO TE DESCARGUES PROGRAMAS PIRATAS.

AHH Y TAMPOCO TENDRÁS AMOR EL RESTO DE TU VIDA (NI EN EL MÁS ALLÁ)

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Vidas …. míseras vidas ….

February 7th, 2009

Camino lentamente, avanzando meticulosamente con la carretilla por la acera mientras los paquetes cuidadosamente dispuestos en una columna de a cuatro se empecinan en saborear las mieles del pavimento remojado por el chirimiri de hace tan solo unos minutos.

Alcanzo mi destino, apenas dos manzanas más allá de mi origen, en escasos cinco minutos. Las puertas automáticas de cristal se abren ante mí. Conozco perfectamente la meta: el mismo edificio de siempre, y por supuesto, el mismo apartamento de siempre. “Tercera planta, al salir del ascensor, torcer a la izquierda hasta el final del pasillo”, resuena en mi interior el eco de mis propios pensamientos. Debo llamar y entregar los paquetes, no dejarlos bajo ningún concepto en el rellano por algún motivo que puedo intuir pero no sería capaz de aseverar. Esta vez, de forma ocasional, la nota que previamente he recibido a modo de guía y cuya simple existencia considero totalmente innecesaria añade otra prohibición: no dejar los paquetes en conserjería.

La conserje, ignorante de la exhaustividad del procedimiento, me conmina a depositar bajo su potestad la mercancía. Me limito a hurgar en el bolsillo de mi chaqueta, extraer la dichosa nota, y la remito sin dilación a ella. Sin resoplos ni resuellos accede a mi voluntad, que en realidad no es mía, sino más bien es el resultado de un proceso de asimilación basado en el precepto “mi jefe quiere que se haga así porque el cliente quiere que se haga así”. Y así obediente y formal, todo en uno, me dispongo a hacerlo.

¡Dicho y hecho! ….. pues no. Vuelto a deshacer y a rehacer. Así ha sido. Sin saber cómo la clienta final aparece en escena. “¡Qué bien! Ya no tengo que subir a la tercera planta. Dos minutos y estoy fuera” pienso. Y sin embargo, me equivoco, aunque sólo en parte. La situación cambia de súbito. Ahora mi destino es un trastero situado en la planta inferior. Lo que es peor aun, la mercancía debe sacarse de las cajas para optimizar el espacio disponible en el interior del trastero. Mi expresión facial también cambia. La conserje debe notar algo pues una mirada soslayada suya deja entrever esa complicidad que emana entre dos personas desconocidas cuando el comportamiento de una tercera resulta desconcertante. Sin quererlo creo leerle en los ojos algo del estilo a “menuda mujer tiquismiquis, ¡si yo te contara!”. Compasión mutua es lo que sentimos. Ella por mí, por soportar ocasionalmente la actitud de una desconocida. Yo por ella, por soportar habitualmente la actitud de una conocida.

Mis cinco minutos empiezan a tomar gusto de media hora. Tras un breve juego aclaratorio con los botones de los ascensores, en el que declino participar, perdemos a la conserje de vista y finalmente llegamos a la planta inferior. Puerta cortafuegos tras puerta cortafuegos llegamos al parking. Lo atravesamos de cabo a rabo y accedemos a un entresijo de puertas que llevan al pasillo principal de la sección de trasteros de la comunidad de vecinos. Busca en su bolsillo, rebusca y finalmente escoge la llave apropiada entre el manojo de llaves.

Un punto y aparte. Como anillo al dedo es justo el signo ortográfico que necesito ahora. Un punto y aparte en la conversación, un punto y aparte en mis sentimientos. Un punto y aparte que descubro minutos después tras analizar desde fuera lo acontecido como en la mejor de las experiencias extracorpóreas.

Tras el quejido de la puerta metálica al abrirse contemplo un trastero típico. Trastos y más trastos por doquier. Trastos y libros. “¿Libros en un trastero?” resuena un fugaz pensamiento. Me siento tentado a echar un vistazo a los títulos pero desestimo la idea. Apartamos unos contenedores de plástico, que cualquier niño describiría como tupperwares gigantes, y hago espacio para colocar el contenido de las cajas junto a sus congéneres. ¡Zas! con una certera pasada del cutter rajo el precinto de la primera caja. Sé lo que hay en el interior. Lo sé por tantas otras veces. Y a pesar de eso me evoca recuerdos y me genera preguntas. La primera bolsa verde hace su aparición. La retiro. La segunda asoma. Pañales.

“¿Cuantos años debe tener?” me martillea mi mente curiosa. “Demasiado mayor como para estar cuidando a su madre” concluyo. ¿Su marido quizá? “Nunca lo he visto pero ello no quita prueba de su inexistencia” razono pensando en el argumento teológico que conlleva este pensamiento. Sigo abriendo caja tras caja. Multiplico mentalmente, yo que un tiempo estaba convencido de la inutilidad de aprenderme la tabla del cuatro, me sorprendo ahora. Ocho bolsas. Observo otra vez el interior del trastero. Debe haber por lo menos otras treinta conteniendo cada una una o varias decenas de pañales en su interior. Se lo hago notar.

“Doce mil euros” retengo de entre todas las frases que me dirige. No es que no la escuche. Es que mi estupor va in crescendo. Mi pregunta finalmente recibe contestación indirectamente. “Doce mil euros te doy si me encuentras comprador para mi piso” es la frase completa. Indago en el motivo, indago en su vida, indago en todo cuanto me pasa por la mente. Ella ha abierto la veda, ha expuesto su vida y yo, por mi parte, tengo necesidades que satisfacer. La curiosidad, afortunadamente, siempre ha sido una de ellas. Mirando lo acontecido a toro pasado quizá no debiera haberlo hecho. Su hija inválida es la beneficiaria de los productos que le porto. Una hija … buf, una losa me cae a mi encima. La ley de vida me dice que los hijos deben cuidar a sus padres mayores, arrugados, desgastados, enfermos, desvalidos, seniles, y un largo etcétera acrecentado con el pasar de los años. Pero a la inversa, simplemente, a la inversa no es justo. Mi sensación de prisa por salir de allí se desvanece y decido conversar algo más con ella. Sumido en un toma y daca conversacional, observo a hurtadillas a aquella mujer que charla sin cesar mientras coloco los paquetes con un orden medianamente decente. Sus ojos y su expresión general me transmiten un cierto grado de demencia que no lograría clasificar. Me pregunto si debe medicarse con antidepresivos, sicotrópicos o tal vez sean neurodepresores ¿Xeristar, Diazepam, Haloperidol tal vez? Mi consternación sigue en aumento ante la necesidad que me expone sin tapujos. Debe vender urgentemente su piso, un dúplex, pues su hija marcha a vivir a otra ciudad en busca de un amor surgido. “¿Vender? Si hoy no se vende nada a menos que sean gangas” pienso para mí. Además, por si fuera poco la urgencia está reñida con el precio. Ella parece haberme leído el pensamiento. “Lo vendo por 300.000 €. Es decir 120.000 menos de lo que me costó y para ti serán 12.000 si me encuentras comprador” me reitera. En realidad, ella todavía cuenta en pesetas. Su edad es la indicada para no haber hecho, mentalmente, el cambio de moneda exigido por ley hace ya unos cuantos años. Soy yo el que rápidamente hace la conversión monetaria y más velozmente aun me sumerjo en un estado de trance hipnótico de los que, una vez transcurridos sus efectos, suelen desembocar en estados depresivos. La figura invisible del marido aparece otra vez por mi mente. Ya se sabe, los problemas entre dos o parecen menores o se llevan mejor. No hay el menor indicio de que esta mujer tenga un hombro con el que compartir la carga o simplemente en el que derramar lágrimas.

Retomamos el camino de vuelta cruzando el laberinto de pasillos que nos retorna al parking. Esperamos el ascensor conversando. Ella conversa reinciendo sobre su tema estrella. Yo asiento, es para lo único que me quedan fuerzas. Un “ding” nos da la bienvenida al rellano del piso de entrada. La conserje me sonríe al verme aparecer otra vez con las cajas, esta vez ya vacías. Le devuelvo una mirada y me despido afectuosamente de ella. La mujer, mientras tanto, se obceca en apuntarme su teléfono. Remueve cielo y tierra hasta dar con un papel y un bolígrafo. Vende el piano, literalmente “por lo que le den” y el coche. Necesita dinero y las urgencias conllevan pérdidas que está dispuesta a asumir.

La decisión con la que parece afrontar la situación me destroza. De repente se confrontan sus decisiones drásticas y su vida trastocada con mis vanas dudas sobre mi futuro próximo. Salgo tocado, meditabundo. Enfilo la calle herido. Un cantaor flamenco en mi interior entona el famoso verso que lee “tengo una pena tan grande … ¡ay!”. No es mi vida, no debería importarme lo más mínimo. Así es la sociedad en la que vivimos. Vive, despreocúpate, alégrate de que esa no sea tu suerte. No debería, pero lo hace. Al fin y al cabo son unas vidas: la suya, la de su hija, la del marido por conocer … míseras vidas de las que me hizo partícipe una lluviosa tarde de febrero.

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Sobre la DGT y la conducción en España

November 12th, 2008

Hoy he visto por casualidad un vídeo en Youtube con el que me siento plenamente identificado. Es un poco largo y totalmente amateur pero os animo a que lo veáis.

Todo aquél que haya conducido un poco por Europa nota claramente las diferencias de conducción entre los diversos países. Mi experiencia en Francia, Alemania y Suecia me permite remarcar tres aspectos que, bajo mi punto de vista, inciden mayormente en la siniestralidad:

  • circulación por el carril de la derecha: la mayoría de los conductores de los países indicados hacen el uso debido del carril derecho, a saber, circular permanentemente por él y usar el contiguo para adelantar. En Francia es donde más claramente lo he observado. Te adelantan y se vuelven a la derecha.
  • distancia de seguridad: esto lo he observado en Alemania lo cual me parece normal debido a las altas velocidades a las que generalmente se puede circular por las autobahn, pero también en Suecia, país dónde la velocidad máxima en autopista es de 110, se suele dejar una enorme distancia de seguridad con el vehículo precedente. Incluso en ciudad dejan un margen considerablemente superior. En Francia periódicamente se ven señales que recuerdan que si dejas “dos trazos” (las líneas discontínuas que separan el arcén de la calzada) de distancia es por tu seguridad.
  • velocidad adecuada a las circunstancias: todos hemos oído lo de que las autobahn no tienen límite de velocidad. Es cierto a medias. En determinadas zonas hay señales limitando la velocidad a 120 o menos instaladas por diversos factores. La gente las respeta y reducen el ritmo notoriamente. En muchos sitios debajo de la placa existe otra indicando las horas entre las cuales es aplicable dicha prohibición. En Francia, por ejemplo, en caso de lluvia la velocidad de las autoroutes pasa a ser de 110 en vez de los 130 habituales.

Pero claro eso es Europa y son países civilizados y es un enorme contraste conducir allí. Tanto es así que hasta cuesta acostumbrarse a no acercarse demasiado a los otros coches, a circular por donde toca. En España se conduce apelotonado sin dejar margen de reacción en caso de frenado brusco del vehículo de delante, todo el mundo va por el carril de la izquierda aunque sea a 100 porque el del centro “no anda” y el de la derecha parece tener una señal de “exclusivo para camiones”, los intermitentes suelen estar para hacer bonito, los espejos retrovisores se usan a veces pero únicamente se mira una vez no sea el caso que se gasten, si llueve no se modera la velocidad a no ser que este cayendo el diluvio universal, se aparca de oídas. Y así un sinnúmero de errores cotidianos que causan accidentes. Eso sí la culpable: la velocidad.

¿Por qué? Porque la velocidad la controlan con radares fijos automáticos que recaudan al inexperto que pasaba por allí por primera vez y desconocía su existencia o al que se olvidó de frenar a tiempo antes de llegar a él. Además casi instantáneamente te hacen la foto, la procesan, y están listos para enviarte la “receta” a casa. En cambio para controlar distracciones, imprudencias y demás, se requiere trabajar: es necesario tener a la pareja de policías permanentemente en un sitio o desplazándose en un trayecto con el consiguiente gasto que ello supone.

Últimamente además se ha unido la moda ecologista para justificar las medidas revolucionarias implantadas en normas de circulación. En gran parte del área metropolitana de Barcelona, donde en un tiempo se circulaba a 120 o 110, y si fuera otro país europeo podría haber estado limitada a 130 perfectamente, ahora por ley, por ecologismo, para reducir muertes y por radares se debe circular a 80. Y encima ese límite ni siquiera es condicional o variable. Así que un viaje a la Ciudad Condal en una madrugada cualquiera sin apenas vehículos en la autopista se acaba convirtiendo en un tedio insufrible. Por supuesto, pobre de aquel que decida circular por estas vías a 140 km/h, es decir, 20 km por encima del límite de hace escasamente un año, pues perderá puntos, perderá dinero y casi perderá la condición de ciudadano para ser considerado un criminal.

¿Se ha reducido la contaminación? Eso dicen, aunque muchísimo menos de lo esperado quizás porque mucha gente harta de los atascos, que antes había y que ahora sigue habiendo, se hayan pasado al transporte público por vía férrea. ¿Se han reducido las muertes? Obviamente sí. Y si fueramos a 10 km/h no moriría nadie salvo de aburrimiento. Estamos en el siglo XXI y las normas han pasado a ser del XIX. Cada vez da más asco conducir porque se pierde la atención en la carretera para controlar casi obsesivamente el cuentakilómetros por si acaso sobrepasa el límite de la zona en cuestión que dicho sea de paso conduciendo por carretera varían constantemente entre 50, 60, 70, 80, 90 0 100 km/h. Total que si no recuerdas cual fue la última señal que viste y vas a 90 en vez de 70 y te caza un radar ¡ZAS! Directo a engrosar la lista de temerarios al volante.

En resumen nos disfrazan estas medidas recaudatorias con su progresismo y sus buenos propósitos y la insoportable manía de la que adolece el gobierno español de turno de querer evitar a toda costa que sus súbditos mueran en la carretera. ¿Por qué no prohibir el tabaco? Ah, no. Esos sí pueden morirse y además los ingresos vía impuestos se verían mermados. Además nos engañan con las estadísticas. ¿Cuantos mueren en Alemania en accidente de tráfico con un parque de vehículos que dobla el español?

Más educación y más civilizar a la gente y menos imponer y prohibir que los que quieren saltarse la ley al volante ya encuentran las formas de hacerlo mediante detectores, inhibidores, y otros artilugios o simplemente frenando fuertemente delante de cada radar fijo.

Israel

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Tiempo de crisis

September 15th, 2008

En los telediarios, periódicos, por doquier se nos regalan los oídos con cifras macroeconómicas sobre la crisis acuciante de la economía mundial y por supuesto, pese a la preparación previa, de la española. Estás cifras a menudo quedan lejos del entendimiento de la población media. Hay otras en cambio que son observables para cualquiera que preste atención que indican que la situación ha cambiado bastante. A mi de momento me han llamado la atención las siguientes:

1) El número de personas rebuscando en los contenedores buscando cosas para vender ha aumentado mucho.
2) La cantidad de vendedores en los semáforos también sigue in crescendo y apareciendo en semáforos dónde nunca antes habían estado. Cada vez más jóvenes, extranjeros e incluso bien vestidos.
3) La creciente presencia de vendedores ambulantes, instaladores y reformistas. No se cuantos han pasado ya por casa en los últimos meses.
4) Las farolas y limpiaparabrisas llenos de propaganda de pintores, interioristas, paletas, etc.

Eso sí son cifras cotejables para afirmar que ahora sí estamos en crisis.

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