La historia que necesitaba vivir

Hacía tiempo que no me pasaba. Devorar un libro de 190 páginas en poco más de 2 horas disfrutando como un loco con cada una de sus palabras, de sus puntos, de sus comas, de sus espacios. Ilusionarme con sus mensajes positivos, apesadumbrarme con las pizcas de tristeza que parecen constituir una condición sine qua non en toda historia para recordarnos que somos humanos.

Y lo que me sigue mortificando son las preguntas entorno a su adquisición. ¿Qué me atrajo a la estantería de la librería del aeropuerto? De hecho, ya llevaba un libro para leer durante el vuelo y la breve estancia en Suecia. No necesitaba otro. ¿Por qué le di la vuelta a ese libro en concreto? Supongo que fueron tres palabras de su título. Quizá sí necesitaba esas. El paso siguiente fue leer la sinopsis y tras ello la suerte estaba ya echada. Cuando algo te parece bueno no hay precio en el mundo que lo encarezca de la misma manera que cuando queremos a alguien no hay obstáculo que nos pare. Tras pagarlo empecé a leerlo pausadamente como el niño que abre su regalo con cuidado para no romper ni el contenido ni el papel que lo envuelve. La pausa se tornaba en avidez. Ya no leía, devoraba, engullía a dos carrillos y digería posteriormente.

El vuelo redundantemente se me pasó volando. Duró exactamente 150 páginas. Quise reservarme el resto cual pedazo de pastel guardado del mediodía para la noche. Siempre sabe mejor. Un par de noches más tarde en la habitación de un tercer piso de un hotel en Estocolmo, mientras la temperatura exterior caía hasta los -15 grados, la habitación entera recuperaba su calidez gracias a la llama que desprendía el libro con sus hojas abiertas de par en par. Y no sólo la habitación entraba en calor. A través de mis manos, recorriendo mis brazos, pasando por el corazón y llegando hasta la cabeza, yo, situado cual espejo del libro, me reavivaba gracias al fuego que me impartía. Cuerpo, mente y alma enardecían debido a su lectura. La historia que necesitaba leer, la historia que necesitaba vivir se iba hilvanando ante mis ojos, enredándose, desenredándose, tejiéndose con fuerza para acabar siendo una pieza de seda preciosa. Y así la historia que necesitaba vivir llegó a su fin. Y para los protagonistas fue un final feliz.

Y entonces me sumí momentáneamente en la desesperación que ocurre cuando algo bueno llega y se va. Por suerte recordé que los libros no son personas, que los libros siempre están ahí para ser releídos vez tras vez.

3 Comments
  1. jose

    El titulo del libro? Debe ser bueno para que hables asi de él

  2. Martin

    Agradecería si me pasaras el titulo de ese maravilloso libro.
    De solo leer como describes esa experiencia, me motiva a leerlo…
    Desde ya gracias!!!

  3. israel

    Junto al río Piedra me senté y lloré de Paulo Coelho

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