Últimamente paso bastante tiempo en aeropuertos y aviones y no es algo que me desagrade, al contrario, es buen momento para saborear un libro, escuchar música, disfrutar contemplando personas o simplemente pensar.
En un vuelo reciente a Estocolmo saqué mi cámara de la mochila e hice un par de fotos. Una durante el despegue en Budapest.
Despegando en Budapest
Y esta otra al llegar a la altura de crucero programada para este viaje: 11900 metros.
Volando hacia Estocolmo
Podríamos hacer el juego de buscar las diferencias entre las dos fotografías. Una es notable para los aficionados novatos a la aeronáutica como yo: la posición de los flaps extendidos en el despegue para lograr una mayor superficie del ala y la sustentación necesaria para ascender. La otra es obvia para todo el mundo: el tiempo.
A 11900 metros el Sol es radiante pues ya han quedado atrás las nubes compactas que tocó atravesar durante el ascenso. Hubo las típicas turbulencias al entrar en contacto con ellas pero viéndolas desde arriba son un recuerdo de minutos atrás. A ningún piloto se le ocurriría, en condiciones normales, realizar todo el trayecto atravesándolas. A ningún pasajero le gustaría tampoco que algo así sucediera. La clave radica en subir, subir y seguir subiendo. Por debajo de las nubes siempre hay riesgo de tormenta. Por encima el riesgo es nulo, el desgaste menor y hay mejores vistas.
Sólo es cuestión de atreverse a coger los mandos, empezar a inclinar el morro hacia arriba y el resto viene solo.
Hacía tiempo que no me pasaba. Devorar un libro de 190 páginas en poco más de 2 horas disfrutando como un loco con cada una de sus palabras, de sus puntos, de sus comas, de sus espacios. Ilusionarme con sus mensajes positivos, apesadumbrarme con las pizcas de tristeza que parecen constituir una condición sine qua non en toda historia para recordarnos que somos humanos.
Y lo que me sigue mortificando son las preguntas entorno a su adquisición. ¿Qué me atrajo a la estantería de la librería del aeropuerto? De hecho, ya llevaba un libro para leer durante el vuelo y la breve estancia en Suecia. No necesitaba otro. ¿Por qué le di la vuelta a ese libro en concreto? Supongo que fueron tres palabras de su título. Quizá sí necesitaba esas. El paso siguiente fue leer la sinopsis y tras ello la suerte estaba ya echada. Cuando algo te parece bueno no hay precio en el mundo que lo encarezca de la misma manera que cuando queremos a alguien no hay obstáculo que nos pare. Tras pagarlo empecé a leerlo pausadamente como el niño que abre su regalo con cuidado para no romper ni el contenido ni el papel que lo envuelve. La pausa se tornaba en avidez. Ya no leía, devoraba, engullía a dos carrillos y digería posteriormente.
El vuelo redundantemente se me pasó volando. Duró exactamente 150 páginas. Quise reservarme el resto cual pedazo de pastel guardado del mediodía para la noche. Siempre sabe mejor. Un par de noches más tarde en la habitación de un tercer piso de un hotel en Estocolmo, mientras la temperatura exterior caía hasta los -15 grados, la habitación entera recuperaba su calidez gracias a la llama que desprendía el libro con sus hojas abiertas de par en par. Y no sólo la habitación entraba en calor. A través de mis manos, recorriendo mis brazos, pasando por el corazón y llegando hasta la cabeza, yo, situado cual espejo del libro, me reavivaba gracias al fuego que me impartía. Cuerpo, mente y alma enardecían debido a su lectura. La historia que necesitaba leer, la historia que necesitaba vivir se iba hilvanando ante mis ojos, enredándose, desenredándose, tejiéndose con fuerza para acabar siendo una pieza de seda preciosa. Y así la historia que necesitaba vivir llegó a su fin. Y para los protagonistas fue un final feliz.
Y entonces me sumí momentáneamente en la desesperación que ocurre cuando algo bueno llega y se va. Por suerte recordé que los libros no son personas, que los libros siempre están ahí para ser releídos vez tras vez.
Te levantas, descorres las cortinas y ahí está. Ese cielo límpido sin rastros de algodones que lo ennublen. La cara te cambia como por arte de magia. Te entran las ganas de salir y disfrutar. Atrás queda tu casa abandonada para los momentos en los que la climatología no acompañe.
Cielo azul
Me gustan los días azules. Y me gustan aun más cuando acontecen en invierno. Pese al frío exterior, pese al sol bajo en el horizonte y de pronta desaparición, pese a la incomodidad de cargar con más ropa de la deseada me gustan. Es su escasez la que debería hacer que los valorásemos más. En verano suelen ser habituales y por su eterna presencia olvidamos el efecto que nos causan. En invierno la cosa cambia. Amanece un día con el cielo azulado y todos lo percibimos … otra cosa distinta es cuántos nos tomamos el tiempo necesario para deternos a disfrutarlo y ver qué nos ofrece.
Repülôvetér es mi neologismo creado para encabezar esta reflexión. Etimológicamente hablando proviene de las palabras repülôtér (aeropuerto) en húngaro y love (amor) en inglés.
Durante la última semana he ido dos veces al aeropuerto. Haciendo honor a las palabras del rapero SHE que hago totalmente mías: “soy un observador de lo que nadie mira”. El primer día simplemente observé con detenimiento. Hoy surgió esta reflexión en mi interior que escribí in situ mientras esperaba que llegaran mis amigas. Y es que todos deberíamos ser capaces de realizar el siguiente ejercicio sensorial: ir a la sección de llegadas de un aeropuerto y detenernos a contemplar. Personas esperando a sus seres queridos manifiestan comportamientos distintos pero accionados por un mecanismo de la simplicidad de la polea: el amor. Maridos y novios esperan con rosas y sellan sus relaciones con besos. Padres con cámaras de fotos en las manos dispuestos a inmortalizar a sus hijos en cuanto se abran las puertas y los divisen. Regalos, abrazos, besos de amigos, besos de hermanos, besos de familiares, besos apasionados, besos de echar de menos … Observar sin implicaciones emocionales ayuda a confiar en el poder del amor al saber que esa fuerza está ahí presente, escondida en el interior de cada persona y se manifiesta siempre ante el reencuentro con lo que durante un tiempo estuvo a nuestro lado y se marchó con la posibilidad existente de que jamás regresara. Y es que realmente nos aterra que ese avión nunca aterrice. Por eso al abrirse la puerta de salida a la sala de espera brota del torrente de emociones que caracterizan al ser humano la mayor de las fuerzas que unen a las personas: el amor.
Superdisco el de Música para tus ojos (2007) de Tr3s monos que he descubierto un poco tarde porque el grupo ya se ha separado.
[Sharif]
Dios salve a mi familia
Que es el conjuro que me alivia
De todos los dolores del futuro y de la envidia,
De todas las miserias de las razas de los hombres
De la vergüenza y la mentira en que se esconden.
Yo camino solo sin Dios ni protocolo
Dueño de nada y sin embargo tengo todo;
Pues no me falta ni un hermano ni un amigo
ni un carnal ni un enemigo que maldiga lo que adoro, oye.
Esto es amor, pasión y desvarío
Es el orgullo de la sangre de los míos
Oye al corazón en quien confío
la vida el desafío
Y la apariencia nada vale sin por dentro estas vacio.
Tienes que aprender a andar
A escuchar antes de hablar
y a luchar por no luchar por no luchar.
Los errores ya están hechos,
Y solo tu familia te perdona los despechos.
[Estribillo]
Hey tato, tú eres mi vato,
tu eres mi grato contrato, no trato al chivato,
Hey vato tú eres mi olfato,
no faltó pato comida en mi plato
Con tanto real tata, this is my squada
mi familia carnales, hermanos, mi mama y mi papa.
Clicka, click, packa
Corre antes que el tiempo se olvide hasta el recuerdo que escapa.
[Pablo]
Es la tranquilidad
si te han visto llorar es porque son los de verdad.
Yo me encontré con mucho amor en libertad,
Pero no lo conocí todos tenemos un radar.
Sensor semi-motor no tengo oráculo,
Mejor ve mi complot
seremos más de dos tarugos des complacidos.
Juego mi rol, me lo asignaron hoy los sabidos.
Me quedo con mis recuerdos de siempre, soy un clásico.
Porque el calor se pasa rápido,
Mis hermanos nunca me faltaron son para siempre, les amo.
No tengo más grande reclamo,
Son mis dedos y mis manos y mis ratos menos malos.
Piensa: “su aspecto ausente en este nido de serpientes.
Me sobra la gente con los que quiero suficiente”
Es mi familia para siempre, pendientes de mi suerte,
Mi único miedo a la muerte.
[Sharif]
Solo a mi madre,
solo a mis hermanos y solo a mis compadres
Solo a mis sobrinos y solo a mis carnales
Les debo lo que escribo porque escribo con mi sangre, ya tú sabes.
[Estribllo]
Hey tato, tú eres mi vato,
tu eres mi grato contrato, no trato al chivato,
Hey vato tú eres mi olfato,
no faltó pato comida en mi plato
Con tanto real tata this is my squada
mi familia carnales, hermanos, mi mama y mi papa.
Clicka, click, packa
Corre antes que el tiempo se olvide hasta el recuerdo que escapa.
[Sharif]
Yo tengo dos hermanas un hermano una madre y un nombre,
Y un padre que se fue vaya usted saber a dónde, donde …
Son las cosas del destino:
Tener hermanos que también sean sobrinos
La libertad es lo más bonito,
eso lo aprendí de mi hermano Luisito.
A vivir y a ser feliz tan solo en un papel,
eso lo aprendí de mi hermanita Maribel.
Elisa es la mayor y ella me enseñó del honor
y del orgullo y sobre todo del amor.
Y falta la matriarca q es la madre que me inspira,
Sus ojos son los ojos por los que mis ojos miran
Dios salve a mi familia
Si te han visto llorar es porque son los de verdad
Dios salve a mi familia
Si te han visto llorar es porque son ….
Dios salve a mi familia
Si te han visto llorar es porque son los de verdad
Dios salve a mi familia
Si te han visto llorar es porque son los de verdad
El otro día descubrí por casualidad un nuevo pasatiempo en Budapest. Fui a buscar la ropa a la lavandería (es lo que tiene no tener lavadora en casa) y al salir decidí comer algo así que me paré en uno de los muchos sitios de gyros/kebap que hay en el camino.
Estaba resuelto a hacer el pedido completamente en mi húngaro básico. Después del consabido “nem beszélek magyarul”. Le digo “egy gyros” y me suelta una parrafada donde entiendo “¿con todo?” entonces es cuando señalo y le digo “nincs hagyma” (no cebolla). Más tarde cuando está echando la salsa le digo “nincs pikancs” (no picante). Y en eso veo que me empieza a poner cebolla. ¿Qué estaba pasando? Que lo que yo creía que era cebolla de esa rojo liloso era en realidad radiccio, esa especie de col lila. Y se me ocurrió la idea de este nuevo pasatiempo: señalar algo al dependiente y decirle el nombre húngaro de otra cosa. A ver quién se vuelve loco antes si él o yo.
Hoy asistí a un claro ejemplo del típico inmovilismo de los angloparlantes. Me fui a Örs vezér tere en el extremo oriental de la línea roja del metro de Budapest a IKEA y a darme una vuelta por el centro comercial Árkad. Finalmente me decidí a comprar algo de comida y otras minucias en el InterSpar situado en la planta baja de este edificio.
"Lucky" es lo que no fue la chica de hoy
Situado en la caja, esperando por culpa de no sé qué problema con la tarjeta de algún cliente previo, observé como en la caja contigua también sucedía algo problemático. Una chica llevaba un Red Bull y un paquete de cigarrillos y por algún motivo quería otro paquete diferente, uno más pequeño. El caso es que ha empezado su retahíla con un “smaller?” y la cajera ha puesto la cara de alguien a quién le hablan en chino. Por algún extraño motivo la cajera ha llamado a la supervisora. Creo que ya había marcado la salida de los cigarrillos y necesitaba algún tipo de código o permiso para volverlos a introducir ya que la clienta tenía toda la pinta de devolverlos. Mientras venía la supervisora la angloparlante (no he logrado adivinar de donde era su acento) seguía complicándose más la vida y complicándosela más a la cajera pues sus frases ya eran del estilo “I don’t want this” o “Do you have another one smaller?”. La cajera la miraba sin tener ni idea de qué pedía la otra. La otra ponía tenía cara de tonta (obviamente, empezando porque es fumadora muy lista no puede ser) y era incapaz de hacer o decir algo más a parte de “smaller… ehhh… smaller”.
Al final a la cajera se le han hinchado las narices y le ha soltado un “Nem értem. (bla bla bla) … magyarul … (bla bla bla)” que más o menos viene a ser un “No entiendo … (hazme el favor de hablar) en húngaro (o vete a tu casa a molestar a otra que me tienes harta extranjera de m…..)”. Diciendo esto le ha señalado otros paquetes y al final la inglesa (o lo que sea) ha visto uno que le ha convencido, se lo ha indicado, ha pagado y se ha pirado. Y digo yo: ¿tanto cuesta hacer algún gesto cuando la comunicación verbal es incompatible? Los españoles no somos muy dominadores del panorama lingüístico pero nos valemos de los gestos como nadie. Además decir pequeño o más pequeño (smaller) con lenguaje gestual es de lo más sencillo del mundo. Por otro lado aprenderse algunas palabras en el idioma del país donde estás tampoco resulta tan complicado. A mi cuando me sueltan la parrafada en húngaro lo primero que suelto, en un húngaro con acento del mismo Balaton, es “nem beszélek magyarul” es decir “no hablo húngaro” lo cual además de transmitir el mensaje los deja chascados porque ¿si no hablo húngaro qué hago hablando en húngaro?
Resumiendo, el cerebro de algunos se hace “smaller” cuando viajan fuera de su país y se ven rodeados de un idioma extraño. Por cierto, “más pequeño” en húngaro es “kisebb” y pequeño “kis o kicsi”, podría habérselo dicho a la inglesa pero no hubiera disfrutado tanto
Los que me conocen saben mi especial debilidad por las cejas femeninas bien perfiladas. Me gustan especialmente las cejas arqueadas parecidas a las de la fotos siguientes. Si alguien quiere información sobre como lograr unas cejas perfectas ese artículo es muy interesante.
Cejas perfiladas
Cejas perfiladas
Ceja en húngaro es szemöldök. En Budapest las mujeres de todas las edades llevan las cejas perfectamente definidas. Es cierto que en España también hay muchas chicas que se las perfilan. Sin embargo, he visto muchísimas chicas que llevan tal arreglo hasta el extremo y pese a ser jóvenes han eliminado por completo todos los pelos de las cejas y optan por pintárselas.
Cejas micropigmentadas
Mi nivel no es suficiente para saber si son realmente pintadas o micropigmentadas pero sí sé que no me gustan nada. De lejos se ven uniformes pero de cerca son superartificiales y el color es feísimo. Me asaltan varias preguntas en el caso de las pintadas: ¿Se cambiarán el estilo dependiendo del día? ¿Las arquearán más o menos en función de la expresión que quieran darse en ese momento en particular? ¿No les tiembla el pulso?
A mi me la hacen recordar constantemente cada vez que menciono en Hungría mi lugar de residencia. Resulta que vivo en el Distrito 8, uno de los “chungos” de Budapest, y la cara de las personas a las que se lo comento se transforma inmediatamente para proferir un “dangerous”, “peligroso” o “veszélyes” en cuanto oyen el nombre de la calle. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea para “photoshopear” esta imagen.
Budapest Distrito 8
Es entonces cuando tengo que recurrir a la opción de darles más información. Generalmente mi monólogo suele incluir estas frases en diferente orden: “No vivo en la peor parte”, “El suroeste del distrito creo que es la zona más conflictiva”, “Mi calle está cerca de una avenida bastante transitada”, “El piso es de nueva construcción”, “Los vecinos son casi todos parejas jóvenes”, “Quizá es que al no ser de aquí no tengo prejuicios”. Con esa retahíla aprendida casi de memoria doy las justificaciones.
Qué fácil es pronunciar la palabra “amigo” y sin embargo cuanto cuesta serlo. En la vida nos rodeamos de personas con las que interaccionamos y establecemos ciertos vínculos. Para mucha gente la amistad es algo que se entrega fácilmente, a la ligera, tras una noche de copas o tras coincidir en un mismo lugar. De la misma manera como llegó esa amistad, la retiran después ipso-facto.
“La amistad cuando se da no se devuelve esa es la ley de la rumba” reza una de las frases de la canción “Palo pa’ rumba” de Eddie Palmieri en un lema que siempre he hecho mío. Ahí están los amigos, contables con los dedos de las manos que siempre han estado y siempre permanecerán (si ellos lo desean) en amistades tejidas durante los años. En cambio, hoy en día con la proliferación de las redes sociales el término amigo se ha devaluado tantísimo. Todo el mundo es tu amigo, o por lo menos, está a un par de clicks de distancia de serlo. ¡Qué frustración! Eso es lo que resulta ser para los que pensamos que la puerta de la amistad debe abrirse poco a poco para invitar a la persona a entrar y una vez dentro cerrarla y que no marche.
Una vez más las redes sociales me hacen enfrentarme a mi ideología vital. No entiendo la necesidad de tener como “amigo” a alguien que conozco de una noche, dos, diez minutos o veinte horas. Por ello cada vez que alguien bajo esas circunstancias me añade confronto mi ideología con lo “políticamente correcto”. Es cierto que las redes sociales como Facebook facilitan la resolución de estos dilemas clasificando a los amigos en grupos y otorgando ciertos permisos a estos grupos. Pero para mi eso no funciona así. No entiendo que unos amigos puedan ver cosas que otros no. Frecuentemente opto por deshabilitar la opción de que me agreguen como amigo en Facebook para evitar que la gente me agregue sin más. Sobretodo la deshabilito para evitar enfrentarme al dilema de tener que aceptar o no su propuesta de amistad. La pregunta que me respondo automáticamente es ¿si eres mi amigo no debería haberte añadido yo previamente?
Esa sensación de que no aceptar la solicitud de alguien corresponde a rechazarlo totalmente y bajo la cual se aceptan muchas solicitudes es totalmente falsa. Simplemente uno rechaza que alguien entre en una parte de tu vida. De igual manera que uno no dejaría entrar a alguien que conoce de una noche en su casa a que revolviera entre sus fotografías, leyera sus cartas, rebuscara en sus pensamientos no debería hacerse con las redes sociales. No se puede olvidar que las redes sociales otorgan acceso al pasado y al presente de un persona por lo que son la mezcla perfecta entre exhibicionismo y voyeurismo. Además una política restrictiva en la aceptación de solicitudes de amistad evita posteriormente tener que hacer una limpieza de pseudoamigos.
Mis amigos sé quiénes son y los nuevos que lleguen no se ganarán un puesto entre ellos gracias a sus respuestas en los tests, sus status divertidos o sus comentarios ingeniosos. Hay vida más allá de Internet y generalmente los buenos amigos se ganan ahí fuera.
Por lo tanto que sirva este escrito como una declaración de principios y un resumen de mi filosofía sobre la amistad y la pseudoamistad en redes sociales. Si alguien desaparece de mi lista u observa que no acepto su solicitud que no se lo tome como algo personal. Lo hago para estar bien con mi yo interior y no contradecirme que es lo que realmente importa.